Ilustración por Gonzalo Gómez

Envejecer en comunidad: una alternativa ante la soledad

Ilustración por Gonzalo Gómez

Un nuevo modelo de vivienda cooperativa pretende reunir a personas mayores para vivir la tercera edad en comunidad y de manera activa, y así evitar caer en situaciones de vulnerabilidad y soledad que más del 25% de esta población sufre en América Latina, según la OMS

Martín Vercesi

Margarita Goday tiene 65 años. Está jubilada, pero trabaja como voluntaria en el Servicio Jesuita a Migrantes, donde ayuda a rearmar las vidas de migrantes que llegan al país en situación de extrema vulnerabilidad, tanto a nivel educativo como social, laboral y espiritual.

En 2017 quedó viuda, luego de 30 años de casada. “Un sacudón”, así describe ese momento. Otro fue su retiro de la actividad laboral, tres años más tarde, después de décadas dedicada a la enseñanza como docente de Historia, adscripta, directora e inspectora tanto en Montevideo como en el interior. Dos puntos de quiebre en su vida adulta.

Con la mirada algo perdida, recuerda que se preguntaba: “¿Y ahora a dónde vamos? ¿Qué hacemos? ¿Cómo sigue esto?”. A menos de un metro del sillón en el que está sentada, en el estante debajo de la televisión, hay una foto enmarcada de ella junto a su difunto esposo, a la que mira de reojo cada vez que habla del tema. “Postergué mi jubilación porque no quería quedarme en mi casa y sola”, confiesa. Esta preocupación fue el motor para que, en 2022, diera su primer paso para ingresar como socia de Carpe Diem, un proyecto que aspira a construir una vivienda cooperativa para adultos mayores —también conocido como cooperativa de cohabitación y cuidados o como cohousing senior—, donde puedan vivir la tercera edad en comunidad y de manera autónoma.

“Nosotros, en Carpe Diem, somos la antítesis a la soledad, porque estamos construyendo el no vivir en soledad, el no quedarnos en nuestras casas”, reflexiona la exdocente.

Al hablar con el término “nosotros”, Margarita, quien se transformó en socia en diciembre de 2023, ya hace referencia a lo que muchas personas mayores —categoría que la ley 18.617 considera a partir de los 65 años— buscan al acercarse a Carpe Diem: transitar la vejez sintiéndose parte de una comunidad, donde puedan formar amistades y decidir cómo vivir la tercera edad. El plan que hay sobre la mesa para alcanzar eso es construir una vivienda colectiva, donde cada socio tenga su alojamiento integrado en un lugar común, accesible y enfocado en la interacción diaria, en el cuidado mutuo, en compartir las responsabilidades de la convivencia y en poder elegir qué hacer cada día.

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La Organización Mundial de la Salud (OMS), en su publicación “Envejecimiento y salud”, explica que el envejecimiento “lleva a un descenso gradual de las capacidades físicas y mentales, a un mayor riesgo de enfermedad y, en última instancia, a la muerte”. Pero envejecer no solo es un proceso biológico, sino que también abarca cambios en otras aristas de la vida humana, muchas de ellas sociales, que también son contempladas por la OMS: la jubilación, el traslado y transporte, la adecuación o inadecuación de la vivienda y el fallecimiento de amigos y parejas.

Según explica el Centro Cooperativista Uruguayo (CCU), en una investigación realizada en 2023 sobre el envejecimiento en las cooperativas de vivienda, en la actualidad, las necesidades de cuidados que desarrollan los mayores “son atendidas desde el entorno familiar o incluso desde el vecinal, en la medida de sus posibilidades. Pero esto no supone ninguna solución real, sino más bien acciones de tipo paliativo”.

Lo que destaca el CCU a partir de las distintas alternativas que se suelen elegir —residenciales y hogares autorizados, casas de reposo no autorizadas y desprotegidas, la casa de una hija, un hijo u otro familiar, entre otras—, es que no siempre las personas mayores forman parte de la decisión de dónde y cómo vivir su vejez, sino que se lo determinan sus familiares o quienes estén a su cargo en el momento, aun cuando la persona en cuestión se encuentra en buen estado de salud y goza de autonomía e independencia. Sin embargo, en los cohousing senior, que la organización cataloga como un modelo novedoso que está abriendo camino en Uruguay —en Europa existe desde los años 60—, las personas mayores tienen la capacidad de moldear su futuro, “toman decisiones de manera autónoma y se hacen cargo de sus vidas”, lo que representa uno de los ideales sobre los que se fundó Carpe Diem.

Desde el Centro Cooperativista, que trabaja con las diferentes experiencias cooperativas que existen en Uruguay, se identifican tres propuestas en la línea del cohousing senior en el país: una conformada por un grupo de exmédicos —llamado Coviviendo—, otra por un colectivo de mujeres —llamado Mujeres con historias—; y, por último, Carpe Diem, que la organización cooperativista cataloga como proyecto piloto de este estilo de viviendas en nuestro país. Todos ellos, más allá de contar con varios años de trabajo, aún se encuentran en etapas iniciales, porque, según el CCU, al tratarse de un modelo nuevo, no están previstos por las políticas públicas, lo que complica su desarrollo. De los tres, el que se encuentra más avanzado y dando pasos firmes hacia su concreción es el tercero.

¿Cómo se atendería en Carpe Diem la dependencia que genera el envejecimiento?
Uno de los ejes centrales del proyecto tiene que ver con la salud y los cuidados, ya que se trata de un colectivo de personas mayores que se juntarían a vivir la vejez.
Como el espíritu de la vivienda cooperativa anhela ir por un camino diferente al de los residenciales, el grupo aspira a que la autonomía de la persona perdure el mayor tiempo posible. Por eso, desde la cooperativa buscarían apostar por el cuidado mutuo, que el secretario Luis Sancho explica a través de una anécdota que recuerda sobre cómo se aplica este concepto en un cohousing senior de España: “Había uno de los socios que tenía un principio de alzhéimer. Tenía pérdidas de memoria de lo más cotidiano: cuándo tomar las pastillas. Entonces, los amigos y vecinos dentro de la vivienda se organizaban para tomar un café, jugar una partida de cartas o leer algo juntos. De esta manera, todos se aseguraban de estar presentes en los horarios en los que su compañero tenía que tomar las pastillas, que además estaban marcados en una tabla”.
Carpe Diem pretende seguir por el mismo camino y durante el proceso de incubación realizado con Incubacoop, trabajaron con médicos para idear un “sistema de cuidados”, que se divide en dos componentes: uno colectivo, donde las personas de la cooperativa se organicen para brindar ayuda a quien desarrolle dependencias leves —como el ejemplo de las pastillas—, y otro profesional, con la contratación de un servicio médico dedicado a atender las dependencias medias y severas, que requieren una atención cualificada.

Un hogar común

Según datos de la OMS del 2021, más del 25% de las personas mayores en América Latina, se sienten solas. El CCU sostiene que estos modelos de viviendas cooperativas son una alternativa contra la soledad que afecta a las personas mayores y Luis Sancho, actual secretario del proyecto y uno de los principales referentes del grupo, asiente con la cabeza al decir que Carpe Diem “va a combatir y vencer la soledad”.

Una de las principales características en los cohousing senior, de acuerdo con la organización cooperativista, es la autonomía y la autogestión, es decir, la capacidad de que los miembros sean los que toman las decisiones sobre todos los aspectos de sus vidas, lo que los ayuda a sentirse activos y productivos. Otra es la interacción y la compañía. Según detalló el secretario, se apunta a que el inmueble que quieren construir maximice los espacios colectivos, a la vez que cuente con alojamientos privados para cada socio.

“En lo estrictamente edilicio, una cosa fundamental en cualquier cohousing es que el hogar tiene espacios individuales y colectivos, pero los individuales se reducen en función de maximizar los colectivos”, cuenta Luis, quien asegura que no es algo inventado por ellos, sino que se aplica en los proyectos que han investigado. “¿Qué sentido tiene que yo me haga una tremenda cocina si hay una cocina común, donde podemos juntarnos algunos a cocinar?”, agrega, en referencia al tipo de pensamiento que se debería tener a la hora de armar una vivienda cooperativa de este estilo.

La maximización de los espacios comunes, según comenta el secretario, aumentaría a su vez la interacción entre los habitantes durante todo el día, por lo que representa una de las bases fundamentales en el combate de la soledad. Algunos de los espacios que se han considerado hasta el momento son: un salón de usos múltiples con cocina integrada y depósito, un espacio de salud, un estar-biblioteca, un parrillero, un lavadero–secadero, un estacionamiento vehicular, un parque, una piscina y una huerta.

“Queremos lograr el cruce entre los socios durante el día para ir a sus actividades, que nadie quede aislado, arrinconado durante todo el día y no vea nunca a nadie. Esas ideas arquitectónicas se van a expresar”, afirma Luis.

De idea a proyecto

El 30 de agosto de 2016, en el Café Tribunales de Plaza Cagancha, Beatriz Bellenda —de 65 años—, se reunió con su amiga Laura Bonomi —66— quien a su vez invitó a Lizet De León —60—, una compañera de trabajo. Las tres compartían los mismos valores e inquietudes sobre su futuro y la vejez, así que se juntaron esa tarde a charlar sobre el tema con algo claro: no querían que nadie les determinara cómo vivir la vejez, sino ser ellas mismas quienes lo decidieran. La posibilidad de mudarse a un residencial no demoró en quedar fuera de consideración. Para ellas significaba, en gran medida, perder la libertad y la independencia de elegir qué comer o qué actividades hacer, por ejemplo. Otra de las motivaciones que compartían las tres era la idea de poder envejecer junto con sus amigos y no solos.

Al no encontrar ninguna alternativa que las satisficiera y al notar que en sus grupos de amigos había más personas que compartían los mismos pensamientos, comenzaron a visualizar la posibilidad real de generar su propio espacio, formando una comunidad.

De esta manera, Beatriz, Lizet y Laura decidieron reunirse con mayor regularidad y junto con todos los interesados para comenzar a organizarse. La primera reunión fue de 30 personas, pero el grupo que quedó firme fue de 20. Ellos fueron los que, en 2020, iniciaron el proceso de incubación de Incubacoop, que es una organización creada por el Ministerio de Industria que brinda apoyo a diferentes emprendimientos cooperativos.

En 2021 lograron obtener la personería jurídica y registraron la cooperativa Carpe Diem, con Lizet como presidenta. Para entonces, el grupo contaba con 11 miembros, y cuando terminaron de aprobarse los estatutos en diciembre del mismo año, tan solo quedaban siete, quienes son considerados los fundadores. Entre las personas que quedaron por el camino, algunas lo hicieron por arrepentimiento —generalmente asociado con cambios de opinión sobre la filosofía—. Otras decidieron apartarse porque, durante el proceso, perdieron la esperanza de que la iniciativa llegara realmente a algo. Y otras, como sucedió con Laura, decidieron dar un paso al costado por cuestiones personales, ajenas al proyecto.

Ilustración por Gonzalo Gómez

Así es como lo cuenta Luis, esposo de Beatriz. Si bien él no participó de la primera reunión, en el Café Tribunales, Beatriz se encargó de mantenerlo al tanto y luego se sumó a partir del primer gran encuentro. Pero en ese momento algo no le cerraba. “¿Es realmente posible?”, se preguntaba.

“Tenía poco convencimiento, no tanto por la idea de vivir de esa manera, sino por la planificación y la concreción. Lo veía sumamente complejo”, recuerda Luis. Sin embargo, en un viaje por Europa que realizó junto con Beatriz, conocieron en Madrid un proyecto cohousing senior en funcionamiento llamado Trabensol, lo que terminó de convencerlo sobre la viabilidad del suyo. Su experiencia laboral como ingeniero agrónomo forestal siempre lo tuvo vinculado a planificaciones y a la tarea de que los números cerraran para que los emprendimientos salieran adelante. Hoy, él se encarga de exponer y explicar el plan económico de Carpe Diem de la forma más simple posible a los socios, aspirantes e interesados que se acercan a los distintos eventos informativos.

El proyecto económico
Aún falta mucho para que la vivienda cooperativa se materialice y comience a funcionar. Todo lo que el grupo planifica está basado en supuestos que realizaron en estudios con asesoramiento profesional y técnico que recibieron a lo largo del proceso de incubación. En 2023, se les dio la bienvenida a ocho nuevos socios, por lo que ahora son 15 miembros. Pero, según los cálculos, para que el proyecto pueda concretarse —sobre todo desde el punto de vista económico—, deben llegar a 45.
Según las proyecciones, el costo total de la iniciativa rondaría los 3.500.000 dólares. Dicha cifra contemplaría la compra del terreno, su acondicionamiento, el diseño arquitectónico y, finalmente, la construcción del hogar en el que vivirán, que es el paso final, pero el más costoso —según los números, de 2.750.000 dólares—. Esto dividido 45 da como resultado una inversión de casi 78 mil dólares por persona. A cambio de este monto, el socio será beneficiario de todos los bienes y servicios que disponga la vivienda, cuyo dueño y administrador será la cooperativa.
Como son estimaciones, Luis explica que el total puede variar a medida que el colectivo realice las inversiones y sepa su costo definitivo. Pero asegura que la cifra se mantendrá en un rango de 70 a 80 mil dólares por persona. Además, también se calculó una cuota mensual de entre 20 y 40 mil pesos —en función de las necesidades de cada residente—, destinada a cubrir los gastos comunes por los servicios que planean contratar una vez estén viviendo en el hogar —una comida diaria preparada, mantenimiento del parque e instalaciones, energía, vigilancia y cuidados—.

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Daniela Echeverría y Omar Geymonat tienen 60 y 63 años respectivamente, llevan más de 41 casados y viven en el pequeño y pacífico balneario de Los Pinos, en el departamento de Colonia, a una cuadra del Río de la Plata y a poca distancia de Colonia Valdense, donde vivieron 17 años. Tienen tres hijos: el más chico, de 26 años, está en Montevideo, la más grande tiene 38 y reside en Argentina, y el del medio, de 36, vive en la misma zona que ellos, con la familia que formó.

Ambos están jubilados. Daniela fue profesora de inglés hasta los 55 años y Omar fue acoplador de granos, trabajó 40 años en la misma compañía y se retiró mientras ocupaba un cargo de dirección. Si bien afirman que viven “a gusto” en su casa de Los Pinos, admiten que piensan a menudo en su futuro y en su vejez.

“La experiencia que tuvimos cuando nuestros padres eran viejitos fue difícil”, dice Daniela mientras busca con sus ojos la mirada de Omar, quien asiente con la cabeza. Los dos recuerdan el desgaste y la angustia de la etapa final de la vida de sus padres, durante la cual se hicieron cargo de todas sus necesidades frente al deterioro de su salud. “No queremos que nuestros hijos tengan que pasar por lo mismo que nosotros”, continúa Daniela. “Ellos ya tienen sus vidas, queremos liberarlos de la responsabilidad de tener que hacerse cargo de nosotros”.

Por eso, la pareja ya está planificando cómo vivir su tercera edad y, sobre todo, dónde, ya que reconocen que en algún momento tendrán que dejar su casa. “El tema con las casas de salud es la poca autonomía que te dan”, dice Omar. “Tenés que cumplir un horario y comer lo que te dan. Nosotros no queremos perder esas libertades mientras sepamos que estamos bien, porque eso también te deteriora. Queremos ir a un lugar en donde puedan ayudarnos cuando lo necesitemos, pero donde podamos tener nuestras rutinas y disfrutar de las cosas que nos gustan mientras estemos aptos”, añade. Daniela, por otro lado, cuenta que en agosto de 2020 se enteraron de Carpe Diem por un artículo que se publicó en La Diaria: “Quedamos maravillados con el estilo de vida que proponen y nos pusimos en contacto enseguida”.

Sin embargo, para poder aportar el capital requerido, debían vender su vivienda. Este problema está presente en quienes no disponen de dicho monto, pero desde la cooperativa se está trabajando para poder encontrar una solución.

“Nuestro proyecto se financia con lo que los socios aportan”, dice Luis. “Hoy en el grupo tenemos una gran parte que tiene los fondos y, obviamente, no le pedimos todo por adelantado. La inversión se va pidiendo a medida que las etapas lo requieran”, agrega.

De todas formas, quien ingrese como socio a la cooperativa deberá hacer un primer aporte que sea equivalente a lo que ya han aportado los demás. Hoy esa cifra es de 17 mil dólares, cantidad que se decidió mantener fija para todo el que ingrese a partir de ahora.

Los que deban vender su casa para poder aportar el resto, se verán obligados a esperar hasta que Carpe Diem sea un proyecto concretado y habitable para hacerlo, ya que no pueden quedarse sin un techo, pero tampoco disponen del capital necesario para la inversión total. El ex ingeniero agrónomo explica: “Hoy tenemos uno o dos socios que tienen solo los 17, otro grupito que tiene un poco más de 17, pero no llega a 70-80, y un grupo importante que dispone de los 70-80 e incluso tiene capital remanente para aportar. Lo que estamos gestionando es generar un fondo, un préstamo para aquellos que no alcanzan el total, que pueden ser internos y serían manejados por la cooperativa”. También se plantea la posibilidad de hacer un préstamo hipotecario, pero Luis asegura que es muy difícil conseguirlo por la edad que tienen.

“Obviamente hay un grado de incertidumbre”, sostiene el secretario, “pero si a los 60 años vos te planteás un proceso de estos, te lo planteás porque es el proyecto de vida que te queda y la toma de decisión incluye también esos riesgos”, agrega y hace énfasis en que todo lo transitado hasta el momento se trata de un proceso estudiado y analizado.

Daniela y Omar transitaron todo el proceso para ingresar a Carpe Diem, pero, en el último momento, eligieron dar un paso al costado, al menos por el momento. “Nos encanta el sistema que tienen, pero el costo que nos generaría irnos para ahí es lo mismo que vale nuestra vivienda”, dice Omar con un tono de decepción, mientras Daniela dirige la mirada hacia el piso, y agrega: “Nos jugaríamos todo”.

Un lugar para construir

El último paso que dio la cooperativa fue la adquisición del terreno donde esperan construir su hogar. Se trata de un espacio de 6,8 hectáreas, ubicado en la Avenida Luis Batlle Berres, a poca distancia del pueblo Santiago Vázquez y el río Santa Lucía, donde tendrán como vecinos al Parque Lecocq, el complejo de Aldeas Infantiles y un caserío.

Ilustración por Gonzalo Gómez

Al instalarse en este lugar, se busca que los socios de Carpe Diem puedan relacionarse con los vecinos de la zona y con los niños de Aldeas Infantiles, más allá de las relaciones personales que establezcan dentro de la cooperativa. Esto, comentan Luis y Beatriz, contribuiría a que los socios se sientan activos.

En el presupuesto del proyecto se habían asignado 350.000 para la compra del terreno, pero finalmente pagaron 162.000 por un espacio que les permitirá construir un edificio de una única planta, lo que contribuye a generar mayor accesibilidad.

Esto, según Luis, no quiere decir que el proyecto se haya abaratado en casi 200.000 dólares, sino que el ahorro generado será transferido al valor que tendrá la construcción, que planean tener definido este año. “Cualquiera que haya hecho en su casa la cosa más simple, sabe que empieza con 10 pesos y termina con 15, porque surgen imprevistos o cosas nuevas en el camino”, dice el secretario. Pero antes de eso, los próximos pasos que tiene planificados la cooperativa son limpiar y acondicionar el terreno, así como concretar el diseño arquitectónico.

Según los planes de la cooperativa, el inmueble comenzaría a construirse en la primera mitad de 2025 para, en diciembre de 2026, mudarse todos a su nueva vivienda y dar comienzo a la nueva etapa de sus vidas. Sin embargo, antes deben conseguir el capital necesario. Para eso, deben ingresar nuevos socios que puedan aportar su semilla al proyecto y el grupo tiene planificado realizar tres procesos de ingreso de socios para 2024 —el año pasado fueron solo dos—.

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Al igual que Margarita, Daniela y Omar, Eduardo Gálvez, de 66 años, hizo el proceso de ingreso hasta el final, pero a diferencia de la pareja de Los Pinos, quienes dieron el paso al costado por decisión propia y por cuestiones económicas, el motivo por el cual Eduardo no ingresó se debe exclusivamente a su edad. “Están buscando gente más joven, de alrededor de 50 años. Si no consiguen, después me llamarán, quedé en una lista de espera”, dice esperanzado, y agrega que se mantiene en contacto, por lo que se enteró de la compra del terreno.

El motivo por el cual se busca gente más joven se debe a la división por franjas etarias —de 50 a 56 años, de 57 a 63 y de 64 o más años— que se definió para la conformación del grupo, con el objetivo de que el proyecto perdure en el tiempo. Esta división permitiría que, a medida que los cupos se liberen por eventuales defunciones, las personas que se encuentran en la lista de espera se puedan sumar como nuevos socios de la cooperativa.

El exbancario del Banco República se jubiló hace seis años y vive solo en su casa de Cuchilla Alta, en el departamento de Canelones. Tiene dos hijos, de 40 y 41 años. Uno vive en Artigas, al igual que dos nietos que visita cada tanto, y el otro, en Montevideo. Estuvo casado dos veces, con una duración de 10 años en ambos matrimonios, y en ambos se divorció. Su última separación fue hace 15 años, a partir de la cual tomó la decisión de irse a vivir solo a dicho balneario, donde se levanta cada día a caminar por la playa —su actividad favorita— y manifiesta que la paz y la tranquilidad que hay allí es “impagable”.

“Siempre fui medio solitario”, dice Eduardo con un tono muy relajado. “No tengo depresión ni bajón ni nada, a mí me gusta estar solo”, agrega. Sin embargo, luego de conocer a Carpe Diem por la radio, en una nota que escuchó en el programa En Perspectiva, su forma de ver la vida cambió. A partir de ese momento, confiesa que la soledad con la que vivía a gusto hasta ahora se convirtió, de a poco, en un temor de cara al futuro y a su vejez, sobre la cual nunca se había parado a pensar.

De todas formas, según comenta Eduardo, al mismo tiempo que haber descubierto Carpe Diem le causó inquietud, también considera que le ofrece la solución al problema de la soledad. “Yo creo que el estar en comunidad, todos tirando para el mismo lado y apoyándose unos a otros, es fundamental. El poder ayudar también le sirve a uno mismo, te ayuda a sentirte útil y productivo. No es sólo recibir, sino que el dar y poder colaborar también es muy importante”, expresa.

“Me preocupa quedarme solo en el futuro y no tener cómo manejarme, y tampoco quiero que mis hijos carguen conmigo; con esto les saco un problema de encima”, dice convencido el exbancario. “Acá se me complica un poco para socializar, porque tenés algunos vecinos en verano, pero después queda vacío. Hace como seis años que ya estoy jubilado y vivo solo, aislado”, añade.

Sin embargo, Eduardo se mantiene positivo y se imagina cómo sería su vida en Carpe Diem. Hay algo que tiene claro: “Las caminatas van a seguir. Creo que a ellos les gusta pasear y el entorno es lindo, así que seguiré paseando con ellos”, afirma.

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